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La Religión y el laicismo según Mingote
Así es la primera granja hecha solo de chocolate

La marca de chocolate Milka recreará la primera granja con figuras hechas de chocolate. Estará abierta para todos los públicos, principalmente familias con hijos, para que puedan sumergirse en un auténtico paisaje alpino en el que todo está hecho de chocolate. Además, podrán disfrutar de diferentes talleres en los que aprender a hacer figuras con chocolate y decorarlas, así como recrear animales típicos de la granja. Con esta acción, Milka quiere rendir homenaje a las vacas reales, las auténticas protagonistas y responsables de obtener leche de calidad, clave para lograr la cremosidad del chocolate Milka. Desde el viernes 7 de febrero y hasta el domingo 9 todo el que quiera podrá pasarse a conocer la recreación de la primera granja de chocolate en el espacio Milk Studio de Madrid y participar en los talleres de la mano del maestro chocolatero Nacho Gómez y la influencer y repostera Alma Cupcakes. Las vacas, protagonistas Este homenaje a las vacas reales que dan la leche del chocolate Milka también incluye las granjas donde se crían. Todo ello, porque son las auténticas protagonistas y responsables de obtener leche de calidad, clave para lograr la cremosidad del chocolate Milka. «Esa manera en la que son tratadas las vacas permite obtener una leche de calidad que es un ingrediente esencial para nuestro cremoso chocolate», asegura Roberto Cappato, Senior Brand Manager de chocolates en Mondelez International Iberia. Desde hace más de 120 años, la leche de las vacas de Milka es leche 100% alpina y las granjas donde se crían estas vacas son familiares, con no más de 60 vacas de media cada una y están situadas en un radio de 100 km dentro de la región alpina. Datos de interés FECHAS: 7, 8 y 9 de febrero DIRECCIÓN: Milk Studio, calle General Lazy 48 Madrid. Para obtener más información sobre los horarios y talleres e inscribirte accede a: www.tallermilka.es

«Aquí la Tierra»: Así se hace un magacín que mira al cielo y vuelve al pueblo

En la redacción de «Aquí la Tierra», el magacín sobre el clima que cada día actúa como telonero del informativo La 1, manda el buen humor. Quizás porque sobre la mesa hay comida día sí y día también, ya sean productos de atrezo que usan para grabar la presentación de los reportajes o delicias enviadas por los seguidores del programa. Hay redactores que aseguran que engordaron cinco kilos al entrar en el programa y otros, como los reporteros, que reivindican entre risas que no comen tanto como dicen. Paradójicamente, quien afirma que casi siempre llega tarde a estos banquetes es Jacob Petrus, que presenta y dirige de lunes a viernes, desde 2014, un espacio que sintonizan de media 1,4 millones de espectadores (11,2% de cuota de pantalla). En invierno y situaciones excepcionales a nivel meteorológico, como la llegada de la borrasca Gloria, el público mira más al cielo, y pueden llegar a los dos millones. «Y eso que luchamos contra supermonstruos como los concursos», admite Petrus. Este geógrafo especializado en clima, que los domingos deja el programa en manos de Quico Taronjí e Isabel Moreno, cree que la clave de la supervivencia de «Aquí la Tierra» es que no hay muchos programas que aborden así las cuestiones climáticas. «Vamos en línea con esta tendencia que trata de reconectar con la naturaleza, cuidar el planeta... Y luego intentamos que lo pueda ver toda la familia», plantea Petrus, que comparte la dirección con Víctor Otamendi. «Era un programa que había que darle tiempo, no era fácil encajar un espacio diario sobre clima en La 1», explica el experimentado realizador. «La naturalidad con la que se cuenta y el buen rollo que se intenta trasmitir también importan. Intentamos no ser demasiado académicos, pero sí intentamos que la gente aprenda», añade Otamendi. En total, entre el equipo de TVE y el de la productora Catorce, hay cerca de 60 personas trabajando en «Aquí la Tierra». El equipo de redacción que trabaja en Prado del Rey comienza a mediodía a buscar imágenes de agencias de todo el mundo para la sección internacional. Aprimera hora de la tarde, se encargan de la actualidad nacional, eligen en una reunión los temas del día y empiezan a redactar las locuciones. Jacob Petrus se encarga de escribir las informaciones más técnicas, como las de los mapas del tiempo. «Con el equipo también hago divulgación. Aveces los periodistas se ríen de mí, porque les corrijo cosas como lo de las tormentas, que nunca son eléctricas. Cuando escribimos algo demasiado científico decimos que hemos escrito algo para “gafulis” y lo rebajamos», cuenta el presentador. Cada tarde, antes de la emisión en directo, hacen un ensayo general. Lo único que graban son las presentaciones de los reportajes más «teatrales». «Esta es la parte más creativa. Planteamos la puesta en escena y disfrazamos al presentador para que la entradilla sea ingeniosa. Esto se ha convertido en un signo distintivo del programa», relata Luis Murillo Arias, guionista del magacín. A patear la huerta Fuera de la redacción trabajan los diez reporteros del programa, que preparan hasta cinco piezas para cada entrega. En las más de 7.000 historias que han emitido, evitan temas que saben por las audiencias que no gustan, como las cuevas. Cada semana pasan unos dos días fuera (en los que graban unas cuatro piezas) y tres montando las salidas pasadas o preparando las siguientes. «Empezamos siendo un programa ligado al clima y ahora también hacemos artesanía, oficios, curiosidades de los pueblos... Es un programa en el que la vida de tu vecino es noticia», cuenta Mar Villalobos, que lleva en «Aquí la Tierra» desde la primera entrega. «Queremos potenciar la parte positiva de la tierra. Hay muchos niños que nos ven porque les gusta ver cosas que no conocían de los pueblos», apunta su compañero Koldo Arrastia, otro de los veteranísimos del formato. Si algo han aprendido en este tiempo, es que la gente es «maravillosa». «Nos esforzamos para que salgan alegres y naturales. Y luego volvemos un poco como Paco Martínez Soria, con huevos, tomates...», admite la reportera. «He comido insectos, me han atacado unas cabras, me he apuntado a un gimnasio rural y hasta me han invitado a ser matarife de honor en un pueblo», añade el vasco. ¿La parte mala? «Las inclemencias del tiempo y no poder disfrutar de los sitios como querríamos», coinciden. Aunque muchas de estas costumbres se ven afectadas por el cambio climático, «Aquí la Tierra» es un programa más «naturalista que alarmista», señala Petrus. «O hacíamos un programa de divulgación muy cargado de ciencia a otra hora, con menos espectadores, o hacíamos un programa más ameno que nos permite dar todos los días algunas pinceladitas y llegar a un público más numeroso. Yo creo que así el mensaje cala más», sentencia el presentador, que acusa la falta de formatos científicos en nuestra televisión. «En los principales canales no hay nada de ciencia, hay que ir a cadenas especializadas. Hay mucha purria, mucho entretenimiento barato y poco instructivo y pocos espacios como este. Yo particularmente estoy orgulloso de demostrar que sí se puede hablar de ciertos temas reclutando gente». Cuidando a los terrícolas «Aquí la Tierra» tiene una buena parroquia de seguidores digitales, los «terrícolas»: casi 93.000 en Facebook, 57.000 en Twitter y 24.000 en Instagram. «Es una audiencia muy participativa. Hay días que podemos llegar a las cien menciones. Hay mucha gente friki del tiempo, en el mejor sentido, que envía mucho material que nos viene bien. A algunos ya les conocemos, incluso han venido a vernos. Al Tomavistas de Santander, por ejemplo, le hicimos un reportaje», cuenta Esther Garín, encargada de la web y las redes sociales del programa. Su misión es que «Aquí la Tierra» «no se acabe tras su emisión». Para ello, además de los reportajes, cuelga en internet juegos y contenidos exclusivos. «Siempre desde la cercanía», subraya.

Un técnico de la Fiscalía denuncia el «silenciamiento» de la explotación sexual infantil en Mallorca desde hace años

El canal autonómico balear IB3 ha ofrecido este sábado el testimonio de un técnico de la Fiscalía de Menores y el de una mujer que décadas atrás —siendo niña— estuvo en un centro de internamiento, que se han pronunciado sobre la posible deficiente atención institucional que estarían recibiendo algunos menores en los centros de acogida y de internamiento en Mallorca desde hace años. Dicha inatencion habría derivado en la existencia de casos de explotación sexual infantil, que se habrían ocultado. En opinión de ambas personas, existiría una desatención de los menores tanto por parte de las administraciones como de los propios trabajadores sociales. «Lo más rentable hasta ahora era hacer la vista gorda. ¿Por qué? por ser un tema tabú, por conservadurismo, por no dar mal nombre a un centro o a una fundación que administra un centro», ha afirmado ante las cámaras de IB3 Enrique Pérez Guerra, educador social que trabaja en el equipo técnico de la Fiscalía de Menores. Asimismo, ha indicado que algunos de los propios adolescentes de los centros de protección de menores estarían organizando desde hace años encuentros sexuales y actuarían como proxenetas de otros menores. El citado técnico ha señalado que el caso de la niña de 13 años que se escapó por unas horas de su centro de acogida en el día de Nochebuena y que, esa misma noche, fue violada en grupo por seis menores en un piso de la barriada palmesana de Es Camp Redó, ha destapado una realidad escondida. «Con tanta vista gorda, con tanto silenciamiento, con tanto mirar hacia otro lado, esto era un globo que se hinchaba más y más y más. Y esa niña pinchó, sin saberlo, ese gigantesco globo», ha concluido. «Depurar responsabilidades» El segundo testimonio recogido este sábado por IB3 ha sido el de Juana Molina, de 41 años, que fue violada cuando tenía nueve años de edad por un vecino de unos 60 años. El suceso ocurrió en la población costera de Can Picafort. Con posterioridad, con 13 años, entró en un centro de internamiento. En una de sus escapadas de dicho centro fue víctima de una nueva violación. Ahora ha explicado también que, por otra parte, ya entonces habría habido trabajadores de los centros de acogida y de los centros de internamiento que habrían abusado de menores. Siendo ya adulta, Molina trabajó como vigilante de seguridad privada, precisamente en un centro de internamiento. «La dirección del centro era la primera que nos decía que no hablásemos y, bueno, conmigo no les ha salido bien», ha recalcado, para añadir: «Se tendrían que depurar responsabilidades, desde el primer pederasta que pide los servicios de una menor hasta los educadores que abusan de ellas y la dirección del centro que no ha dejado que eso se hiciera público». Cabe recordar que un centro tutelado o de acogida es distinto a un centro de internamiento. En los centros tutelados el régimen es abierto y además los menores que viven en ellos no tienen antecedentes. En Mallorca hay 30 centros tutelados, que son gestionados por el Consell de Mallorca a través del Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales (IMAS). Por lo que respecta a los centros de internamiento, que son de régimen cerrado para menores con antecedentes, los tres que existen en Mallorca son gestionados por el Gobierno balear. Violación en grupo Como se ha indicado, el detonante de la actual controversia en torno a los centros de protección de menores de Mallorca fue la agresión sexual en grupo sufrida por la mencionada niña de 13 años la pasada Nochebuena. En la mañana del 25 de diciembre, los técnicos del centro tutelado acudieron en auxilio de la víctima. Seguidamente, fue conducida a un centro hospitalario. El informe de la médico forense que atendió a la niña habría señalado que sus lesiones eran compatibles con una agresión sexual múltiple. Se activó entonces el protocolo previsto, por lo que el caso pasó a la Unidad de Atención a la Familia y Mujer (UFAM) de la Policía Nacional, que inició la investigación. En la denuncia presentada por la propia víctima el día de Navidad, dicha niña habría dejado entrever que horas antes de la agresión sexual múltiple que sufrió en Es Camp Redó, un grupo de adultos con que se topó en la barriada de Son Gotleu habría intentado prostituirla. En su denuncia, la menor habría hecho también referencia a la existencia hoy de adolescentes de centros tutelados que cuando salen por unas horas de dichos centros se estarían prostituyendo a cambio de drogas o de dinero. En ese contexto, cabe recordar que la responsable de Coordinación sobre Violencia Contra la Mujer de la Delegación del Gobierno en Baleares, Julia Vázquez, explicó la pasada semana que la Policía Nacional y la Guardia Civil no tienen constancia de la existencia de «redes organizadas dedicadas a la explotación sexual de menores» en Mallorca, si bien sí han detectado casos aislados de personas que estarían prostituyendo a adolescentes de centros tutelados. Por su parte, el presidente del IMAS, Javier de Juan, anunció la creación de una comisión para combatir la explotación sexual infantil. Dicha comisión se reunió el pasado miércoles por vez primera. Una situación compleja Algunos trabajadores de los centros de acogida denunciaron a lo largo de los últimos días la supuesta inacción política ante los citados casos de presunta prostitución. Por su parte, el fiscal superior de Baleares, Bartomeu Barceló, acordó «la incoación de diligencias de investigación penal» para el esclarecimiento de esos hechos. Posteriormente, el pasado martes, el Defensor del Pueblo, Francisco Fernández Marugán, abrió una actuación de oficio solicitando información al IMAS en relación a los 16 casos recientes de explotación sexual infantil reconocidos por dicho organismo entre el total de 359 menores tutelados que atiende. De los 16 casos, en 15 de ellos las víctimas eran niñas. Cabe recordar que en el Ejecutivo balear y en el Consell de Mallorca gobiernan sendos tripartitos conformados por el PSOE, Unidas Podemos y MÉS. La presidenta del Govern es la socialista Francina Armengol, mientras que la presidenta de la institución insular es la también socialista Catalina Cladera. Los partidos de la oposición en el Consell de Mallorca, el PP, Vox, Cs y Proposta per les Illes han exigido la creación de una comisión de investigación, que en principio ha sido aceptada por el PSOE. Por su parte, la portavoz del Govern, Pilar Costa, descartó el pasado viernes la posible dimisión de algún responsable del Consell de Mallorca o del Ejecutivo balear por los casos de posible inacción institucional que se han venido denunciando en los últimos días. «Si yo pensase que todo esto se pudiera mejorar o resolver con una responsabilidad política, traducida en una dimisión, qué fácil sería solucionar el problema, pero desafortunadamente el problema es mucho más complejo y mucho más complicado», afirmó. Hace unos días, el Govern confirmó que desde 2016 ha despedido a cinco trabajadores de centros de internamiento por «conductas sexuales inadecuadas» con menores. Dos mociones previas Con anterioridad a que trascendieran todos los casos citados, Vox había presentado en diciembre pasado una moción en el Consell de Mallorca en la que proponía realizar «una auditoría independiente para conocer las necesidades y deficiencias que puedan existir en el IMAS». Dicha moción no salió adelante porque contó con el voto en contra del actual tripartito. Hace tres años, en el Parlamento balear, había sido presentada ya una primera propuesta sobre menores, más genérica, por parte de la entonces diputada del Grupo Mixto Xelo Huertas, que poco antes había sido expulsada de Podemos. El título de la iniciativa parlamentaria de Huertas era «Estudio y propuestas de mejora del Servicio de Menores y Familia de las Islas Baleares». La proposición no de ley defendida por Huertas en marzo de 2017 constaba de cuatro puntos. En el primero, se pedía que la Cámara regional instase al Govern a «acometer las reformas normativas necesarias para mejorar e impulsar mejoras en los servicios de menores y familia» de Baleares «de acuerdo con los consells insulares y dotándolos de recursos suficientes para hacerlo». En el segundo punto, se instaba al Ejecutivo regional a «investigar los procedimientos de adopción, tutela e intervención en el ámbito familiar» en la Comunidad en los últimos decenios para «reducir la alarma social generada y en su caso pedir las responsabilidades pertinentes». En el tercer punto de dicha propuesta, se instaba a que esa investigación se hiciera por parte de una «comisión mixta de técnicos psicosociales», en la que también participasen personas ajenas a la Comunidad de «reconocido prestigio». En el cuarto y último punto, se instaba al Govern a elaborar, en el plazo de cuatro meses, un protocolo de actuación para que los equipos de atención a la infancia y adolescencia del IMAS los hicieran servir para «hacer la síntesis evaluadora objetivable». La proposición no de ley de Huertas no salió adelante, al ser rechazada por el tripartito que ya en la pasada legislatura daba su apoyo al Ejecutivo que entonces presidía por vez primera Armengol.

No me llamen Marisol, llámenme Pepa Flores

Mira que resulta difícil acertar en la pasarela de los premios honoríficos. A veces, da la sensación de que en esa rifa se elige el último nombre que quedó traspapelado en la guantera: no vaya a ser que lleguemos tarde, que se adelante la parca y el susodicho o susodicha no habite ya en este mundo para contarlo y dar las gracias a diestra y siniestra. Como dijo aquel -no sé quién, pero bien apuntado queda- los agasajos, mejor en vida y en plenitud de facultades. Ayer se entregó el Goya de Honor 2020 a Pepa Flores. Repito: Pepa Flores, que no Marisol. La niña Marisol llenó el imaginario más yeyé o pop del cine español en unos tiempos de ñoñerías varias que podían llevar nombre de mujer o de hombre en la solapa. En el caso de los niños u adolescentes prodigios requemados por la industria cinematográfica, siempre se ha cumplido escrupulosamente con la igualdad de género. A partes iguales y en todas partes. Lo mismo te podías llamar Judy Garland o Marisol que Joselito o Macaulay Culkin. Insisto que el galardón o el homenaje se lo conceden a Pepa Flores: una señora y una actriz de bandera que dio un portazo a la cursilería de unos y a la rijosidad de otros, que solo quisieron ver en ella un desnudo de portada en la mítica revista Interviú. Marisol fue mucho más que una «chica» prodigio y es mucho más que un despelote en plena época de destape. Cantó a Luis Eduardo Aute con su voz ronca, grave, como pocas mujeres han sabido entonar en la historia de la música. Y mira que me salen nombres, de Patti Smith a Chrissie Hynde, en la órbita de las señoras flamencas que parlan en inglés. Pepa Flores no cantaba en inglés y tenía dejes por peteneras; encima, pasó alguna temporada en la Cuba castrista de la mano de su señor esposo, el bailarín Antonio Gades. Las mejores revistas del colorín de entonces también daban cuenta de ello en sus portadas. Y colorín, colorado el cuento se acabó el día que decidió mandar a hacer puñetas a todos. Aunque solo fuera por este gesto, Pepa Flores se merece todos los honores, y más.

Tarantino amaga con la retirada

Quentin Jerome Tarantino, el chico del videoclub, ha vuelto a hacerlo. Ha llevado a su terreno una historia del Hollywood trasnochado y decadente, el que seguramente a él le ha cautivado desde que es cinéfago compulsivo. La suya es la historia de un ascenso a los infiernos del cielo, que también los tiene, de la subida de una escalera de la fama cuyos dos primeros peldaños le fueron casi regalados en una época en que el cine norteamericano necesitaba la gloria de un nuevo Orson Welles al que reconocerle su ópera prima sin pasar a analizar demasiado su verdadero calado artístico. Era nueva, sonaba a rompedora, le partía las piernas a los convencionalismos del género negro como ya hizo su modelo Stanley Kubrick, y con eso fue suficiente. Luego, con los años y las décadas, a Tarantino le ha costado más convencer a todos durante todo el tiempo, y ha caído en los lógicos altibajos de una filmografía que, aunque corta, ha suscitado más ríos de tinta que otras mucho más importantes. Resulta imposible definir a qué género pertenecen las películas de Tarantino: si a un personal neonoir, al thriller, al policíaco... Se ha llegado a hablar del «toque Tarantino», esa mezcla de pornografía de la violencia y la crueldad mostrada en la pantalla durante las nueve películas que hasta ahora ha realizado, con toques de humor negro y diálogos posmodernos, la deconstrucción del relato, una ristra de citas cinéfilas de la más abyecta casquería audiovisual de los 60 y los 70, y una habitual ausencia de estudio psicológico de los personajes y de por qué han llegado a cometer los actos que cometen. Lo que se echa de menos en Tarantino es la búsqueda del origen de esa violencia que late en América en cada momento de su historia que él ha retratado, del invierno inhumano de Wyoming tras la Guerra de Secesión de Los odiosos ocho al asesinato múltiple de Charles Manson en la casa de Roman Polanski en la cálida California de la época hippie. Lo que sí han logrado Scorsese, Eastwood o más recientemente David Mackenzie en Comanchería. Aunque la violencia de sus películas no siempre es explícita en su cine de reciclaje. De mejor a peor, la referencia a las obras tarantinianas debe comenzar en Jackie Brown , la respuesta que el director de Knoxville (Texas) dio a sus críticos por la hemorragia de violencia barroca de Reservoir Dogs y Pulp Fiction . Y la menos misógina: una mujer madura empoderada les prepara a los hombres que la rodean un plan perfecto en medio de un ambiente gangsteril y toxicómano. Narración lineal clásica que, como es inevitable en Tarantino, se rompe en varios momentos como en la escena clave de la entrega del dinero, que es diseccionada desde tres puntos de vista diferentes de los personajes, como en la Lolita de Kubrick. Es la menos Tarantino de todas desde el punto de vista de la ultra violencia casi ausente en todo el metraje. Es la más comedida. Los asesinatos más cruentos son situados fuera de campo, en el maletero de un coche es tiroteado Beaumont Livingstone por Ordell y la cámara está a doscientos metros de distancia; en el parking de un centro comercial mata a tiros Louis Gara (Robert de Niro) a Melanie-Bridget Fonda, y sólo vemos su rostro salpicado de sangre. Como parte de un programa doble Grindhouse , un homenaje al slasher que «Q» ideó junto a su socio Robert Rodríguez, Death Proof es tan honesta en sus planteamientos que resulta sorprendente en un cineasta como éste. El celuloide es pisoteado para que parezca más viejo, como un Kurt Russell que será machacado por las jóvenes Rosario Dawson y las demás, un delirio pro feminista en el que el macho es denostado. Los trailers de la sesión doble, firmados por cachorros del cine de Tarantino como Eli Roth, Rob Zombie o Edgar Wright, se suman a una estimable función con el sello de su autor. Juegos cinéfilos Érase una vez en... Hollywood , su último artefacto, debe ser releída por los más aficionados para captar todas sus aristas de homenajes y referencias. Difícilmente comprenderá el espectador convencional la mayoría de sus juegos cinéfilos, pero es la película más confortable que ha hecho, en la que se encontrará más a gusto cuando se retire porque refleja lo que él quisiera que fuera ese Tinseltown de neones y personalidades esquizofrénicas. Pulp Fiction y Reservoir Dogs van en un paquete de culto iniciático, que demuestra por qué Tarantino debería ir un día más a la semana al psiquiatra, en acertada consideración de Oti Rodríguez Marchante. Su debut fue un deslumbramiento general, un puzle como el de Atraco perfecto en el que el nudo de la acción, el robo, nunca se muestra a los espectadores, como ocurre con el enemigo en La patrulla perdida de John Ford. Una paranoia orgiástica en la que todos se apuntan a todos con revólveres capaces de inundar de hemoglobina el almacén donde se han citado tras el atraco. La modernidad de éstas y del díptico en homenaje a la animación japonesa que forman Kill Bill 1 y 2 coinciden en la atmósfera y la tensión a las que Tarantino somete constantemente a sus personajes, aunque las aligere con la machacona utilización de canciones folk americanas como elemento dramático, con una cuidadísima selección musical en todas sus obras. Malditos bastardos , un guiño al cine bélico de la peor época del cine bélico, y sus dos filo eurowesterns, Django desencadenado y Los odiosos ocho , estarían entre lo menos valioso de su filmografía, aunque busquen la hilaridad en sus propias imperfecciones.

El exorcismo de la sórdida frivolidad pedófila

Antes de que nadie hubiera podido leerlo, sobre el soporte sólo de las notas promocionales entregadas a la prensa por sus editores, Le consentement (el consentimiento) de Vanessa Springora se anunciaba como un exorcismo en Francia. Y vaticinaba un best seller. Ambas predicciones se han cumplido. Era su tiempo justo. Un exorcismo. Necesario. Y bien escrito. El exorcismo tardío de aquellas fantasías delirantes que hicieron pesadilla de los sueños que cerraron los años sesenta. Un exorcismo de la más sórdida de ellas: la frivolidad pedófila, cuya sospecha ya rozó, hace unos años, a alguno de los textos juveniles de Daniel Cohn-Bendit. Pero esta vez va en serio. Porque recae, no sobre un exceso en la boutade retórica de mejor o peor gusto. Sino sobre la gravedad de un hecho delictivo. En Le consentement, Vanessa Springora, hoy directora editorial de cuarenta y siete años, narra su propia historia: la de una cría de trece, seducida por un hombre de más de cincuenta, que es aquí designado como G.M. y en el que a nadie en Francia se le oculta la identidad de un escritor de la más extrema derecha, amigo y defensor de Jean-Marie Le Pen. Gabriel Matzneff gozó de considerable éxito popular en los años ochenta, cuando los hechos delictivos que él mismo narra en sus libros se produjeron. Y fundó su éxito literario sobre una sola clave: el viejo truco de épater les bourgeois, esos burgueses que adoran siempre ser epatados, fundiendo en su escritura un relato autobiográfico que, en cualquier ciudadano no cubierto por el privilegio de la escritura, llevaría de cabeza al juzgado de guardia: no por lo escrito, por lo hecho. A los ochenta y tres años, Gabriel Matzneff es hoy, en las letras francesas, un juguete roto que ningún papel relevante juega y que sobrevive gracias a las ayudas de la asistencia pública. Demasiado tarde para pedirle unas cuentas que todo el mundo prefirió silenciar en su día. Momento de gloria Matzneff tuvo su momento de gloria, hace más de treinta años. Y esa gloria estuvo ligada a una metódica voluntad de vender libros, a costa de escandalizar a quien estuviera dispuesto a deleitarse en el escándalo. No hay, en él, ni grandeza de estilo ni de historia. No hay más que la triste exhibición de un connaisseur del sexo con niños, con «menores de 16», matiza él. ¿Se puede hacer con la pedofilia literatura? Sí. Se ha hecho. En el siglo XIX como en el XX. Pero Matzneff no es Gide. Ni Nabokov. Ni Byron. Apenas si un artesano de best sellers para gentes ansiosas de ruborizarse. Triunfó en una época que estaba ansiosa por zampárselo todo. Una época que tragaba hasta el soberano disparate de dar como transgresor a un hombre paradigmáticamente reaccionario. Ahora, la historia le devuelve la deuda. Y un best seller destruye al hombre que hizo de sus vergüenzas best seller. Complicidad Springora habla de un «consentimiento». Más que ambiguo: el de una criatura de trece años que se lanza a ser la amante de un hombre célebre más viejo que su padre. Y de otros «consentimientos» mucho menos ambiguos: el de su familia, su culta madre sobre todo, fascinada por emparentar con un literato al que juzga insigne. Y del más injustificable «consentimiento» colectivo: el que hace que las denuncias, que las hubo, se ahogaran en un cajón de la comisaría. Y del más ambiguo y laberíntico: que el mundo intelectual francés, sin casi excepciones, acogiera los libros de apología pedófila de Matzneff con una complacencia rayana en lo cómplice. La visión, que estos días prolifera en las webs francesas, de un Gabriel Matzneff que exhibe sus venales correrías en burdeles de menores asiáticos en el más respetado de los programas literarios de la televisión pública, Apostrophes, avergüenzan hoy a todos. Y las bromas picaronas de su entrevistador, el entonces omnipotente gurú literario Bernard Pivot , abochornan. Y, sin embargo, nadie entonces dijo nada. Ahora sí. Pero es que ahora resulta de lo más barato. En aquel tiempo, los editores se felicitaban del maná en ventas que los libros pedófilos del popular Matzneff les aportaba. Hoy, cuando Matzneff ya no vende, retirar sus obras sale gratis. Son cuatro ya los editores que lo han hecho. El canónico Gallimard entre ellos. No es probable que Gallimard extienda su criterio a los inmensos Jean Genet o André Gide, clásicos de su catálogo, que venden -y venderán- siempre. El enigma no es por qué Gallimard retira en 2020 los libros de un escritor tan manifiestamente mediocre como Matzneff de su prestigioso catálogo; el enigma es por qué los incluyó en él hace treinta años. Gabriel Matzneff es un mal escritor y un mal tipo. Como tantos otros. Quizá sólo un poquitín más exhibicionista que la media. Eso hace de él el perfecto chivo expiatorio. Ejemplar y a bajo coste. Se le puede borrar. Sin perjuicio para el negocio.

Una juventud masacrada en las trincheras de la Gran Guerra

Una y otra vez, el trauma y masacre de bestiales dimensiones, hoy incomprensible para muchos europeos, que significó la Primera Guerra Mundial no deja de volver a nuestras conciencias crecidas en tiempos de paz. Y lo hace en forma de espléndidas obras, ya sean películas (1917 , de Sam Mendes), clásicos rescatados (La habitación enorme , E. E. Cummings) o narraciones deslumbrantes, de género mixto, entre el ensayo y el corrosivo, brillantísimo y erudito encadenamiento de escenas e historias microanalizadas, como ya nos tiene acostumbrados uno de los mejores escritores franceses, junto a Carrère: Éric Vuillard (Lyon, 1968) Su pequeña joya en esta ocasión lleva el título de La batalla de Occidente . Millones de muertos El funesto espoletazo de salida tuvo lugar el 28 de julio de 1914, para finalizar el 11 de noviembre de 1918. Nada sería igual desde entonces. Nadie saldría indemne de la denominada en francés Grande Guerre: ni los millones de muertos, muchas veces enterrados en tumbas anónimas, ni los atrozmente heridos y mutilados que pasearían por calles y plazas de un moribundo continente su recuerdo devastador, ni los miles de familiares y huérfanos entregados a la beneficencia. Las fronteras serían redibujadas, cuatro grandes imperios desaparecerían del mapa de un plumazo y estados, economías, sociedades europeas o no, saldrían transformadas, en ocasiones radicalmente: «El combate final, el último asalto parecía haber llegado. Se trataba del porvenir del mundo», diría el escritor y militar alemán, participante en las dos guerras mundiales, Ernst Jünger, en su gran clásico de la continda, Tempestades de acero (1920). Las formas de la guerra habían sido enteramente modificadas a causa de la extrema brutalidad del combate y de la salvaje consolidación de unas «culturas de guerra» nacionales, como denunciaría por su parte el pacifista Romain Rolland en Más allá de la contienda (Nórdica). Una juventud entera de varios continentes será masacrada «porque sí», despiadadamente. La carnicería -como denuncia una y otra vez Vuillard- sería decidida por sus mayores, por reyes, presidentes, primeros ministros, generales, grandes estrategas o ávidos industriales, que «se aburrían», entre las partidas de whist y el turismo chic de la costa francesa. «Una élite refinada y orgullosa» que compartía una notable consanguinidad además de amantes. Poco a poco, se iría «preparando una guerra, toda una parafernalia de idioteces, un retraso inaudito, un heroísmo que será aplastado por el hierro». Se entra en un mundo nuevo: el de los primeros tanques, los obuses, las primeras grandes máquinas para matar, además de las primeras «escuelas de la guerra», en Prusia, donde se desarrolla el aprendizaje necesario de «las probabilidades de morir y dar muerte». Nada explica -dice Vuillard- «por qué, un buen día, millones de hombres acuden cantando a plantarse de pronto los unos frente a los otros y empiezan a dispararse». Por su parte, E. E. Cummings (1894-1962), uno de los principales poetas americanos del pasado siglo, junto a Pound o William Carlos Williams, además de pintor y ensayista, escribiría una memorable y mítica obra autobiográfica sobre su cautiverio en una prisión francesa, Ferté-Macé, en Normandía, durante la Primera Guerra Mundial. Como otros famosos escritores americanos de la época, entre ellos Hemingway, Cummings, junto a su amigo John Dos Passos, se enrolaría en 1917, a los 23 años, en el cuerpo de ambulancias del ejército americano. Junto a un variopinto grupo de compañeros de la más diversas procedencias y nacionalidades, desde pequeños delincuentes, extranjeros sospechosos, ladrones «de tres latas de sardinas» o supuestos espías como él, languidecería durante tres meses, en «una enorme habitación», en medio de una rutina estéril y embrutecida, pespunteada por castigos descabellados y una autoridad no menos terca e idiotizada, como no dejará de comentar con ironía y abundantes toques de humor. «Espías» La terrible verdad que encerraba el relato de Cummings se refería sobre todo al absurdo de una guerra en la que todos aquellos jóvenes que se alistaban voluntarios, y llegaban a Europa a luchar, eran obligados, nada más desembarcar, a odiarse los unos y los otros. Con la solemne sinceridad de un joven que nada sabe aún de la ferocidad de la guerra, el error de Cummings al ser interrogado por unos oficiales franceses, es manifestar que «no odia a los boches», como eran llamados los alemanes en argot. A causa de este malentendido, al interceptar además los franceses la carta de un compañero de Cummings a su familia en América, con frases inocentes transmutadas de repente en peligrosas, serán los dos clasificados de «espías». El joven poeta y pintor aún no se había iniciado en el aprendizaje del odio. Algo necesario para, sin conocerlo de nada, «plantarse ante otro hombre y matarlo», como dirá Eric Vuillard. El poeta, ensayista y pintor norteamericano E. E. Cummings La batalla de Occidente. Éric Vuillard. Traducción: Javier Albiñana. Tusquets, 2019. 188 páginas. 17,90 euros. La habitación enorme. E. E. Cummings. Trad.: J. A. Sánchez Ramírez. Nocturna, 2019. 427 páginas. 19 euros.

«Entre ella y yo», cinco minutos que cambian una vida

Cinco minutos. Es lo que dura la historia que cuenta esta obra. Cinco minutos de incertidumbres que para sus protagonistas, Valeria y Diego, pueden ser trascendentales. La pareja es la protagonista, junto con un test de embarazo, de esta comedia escrita por el argentino Pablo Mir. David Serrano firma la adaptación del texto, y la función la interpretan Melani Olivares y Carlos Chamarro, con la dirección de Zenón Recalde. Mónica Boromello ha diseñado la escenografía y el vestuario, e Ion Aníbal López la iluminación. «Es una función que lleva ya mucho tiempo en cartel en Buenos Aires -cuenta Melani Olivares-; aquí se ha rehecho adaptándola a nuestra edad, porque los actores que la interpretan allí son más jóvenes que nosotros». Éste es el cambio fundamental de la adaptación española, e implica nuevas perspectivas al conflicto que presenta la obra. «Es una cuestión que se plantean los jóvenes hoy en día: ¿cuándo y cómo tenemos hijos? Porque social y económicamente no está la cosa demasiado fácil». La comedia aborda también los problemas cotidianos de una pareja. «Un asunto va ligado al otro -dice Carlos Chamarro-. Si no tienes estabilidad como pareja, no te planteas tener un hijo...» «Lo puedes tener sola -protesta Melani Olivares-, que es lo mejor que te puede pasar en la vida». «De lo único que no se habla en esta función -añade el actor- es de por qué los hombres no pueden ser padres solteros». «¿Quién ha dicho eso?, yo tengo un montón de padres solteros», interrumpe la actriz. «Pero han tenido que convencer a una mujer para ello», tercia Chamarro. «Se abre un melón», concluye ella entre risas. Y es que la conversación con los intérpretes y el director se transforma en una prolongación de la obra y un debate sobre el problema como el que esperan que tengan los espectadores que acudan al teatro... Siempre después de que se hayan reído durante el rato que dura la comedia. «Es que las situaciones, muy “embarazosas” -y nunca mejor dicho-, son muy graciosas. El sufrimiento de los demás siempre nos hace reír», apostilla Melani Olivares. «Entre ella y yo» plantea, según Carlos Chamarro, «quién es quién en la pareja, lo que son juntos, qué podría pasar si tuviéramos un hijo, si fuera niño o niña»; «a qué edad lo tenemos -interviene Melani Olivares-, cómo repercute en las carreras profesionales de cada uno, si la mujer quiere ser madre o no quiere...» «Durante los ensayos de esta función hemos profundizado, precisamente, en ese conflicto, en ese “límite” que tiene la mujer para ser madre -explica Zenón Recalde-, y cómo hoy en día está mucho más aceptado y se vive con mucha más naturalidad el hecho de que una mujer decida no ser madre; antes lo tenían mucho más difícil. Pero las estadísticas no engañan; hoy se tienen hijos mucho más tarde y se tienen mucho menos. ¿Por qué ese índice de natalidad más bajo. Porque hoy se analizan más cuestiones como la situación económica, si es la persona adecuada para tener un hijo con ella... Esta obra explora los miedos personales y también los sociales que se tienen hoy en día a la hora de plantearse tener un hijo».

Dropkick Murphys: «Seguiremos fieles a nuestras raíces celtas»

Martin Scorsese los convirtió en el grupo de punk-rock celta más famoso del mundo en 2006, cuando eligió su canción «I’m shipping up to Boston» como tema principal de unas de sus obras maestras, «El Infiltrado». La película transcurría en Boston, la ciudad que hace veinticuatro años vio nacer a los Dropkick Murphys, aguerrida formación que siempre ha combinado la música con el activismo social, en una carrera de alcance internacional que ya los ha traído varias veces a nuestro país. En esta ocasión vuelven para dar un nuevo repaso a «11 Short Stories Of Pain & Glory», una suerte de álbum conceptual inspirado en historias reales de su ciudad natal, pero que paradójicamente los sacó de ella por primera vez para grabar. «Sí, todos nuestros discos anteriores los habíamos grabado en Boston, así que fue un cambio bastante intenso», confiesa el baterista Matt Kelly. «Vivimos el disco, lo respiramos, lo comimos, dormimos con él... Fue una experiencia genial hacerlo así. Pero ahora mismo hablo contigo desde nuestro estudio de grabación de Boston, donde ya estamos trabajando en lo que será nuestro próximo disco. Ya hemos grabado diecinueve canciones, y ahora tenemos que elegir cuáles irán en el álbum. Vamos a expandir nuestro sonido, pero siendo fieles a nuestras raíces celtas». Los Murphys posiblemente nos adelanten alguna de esas nuevas canciones en su próximo concierto en Madrid (el único en España, organizado por Route Resurrection) en el que contarán con Frank Turner, Rude Pride y Jesse Ahern como teloneros. «Hemos girado mucho con Frank y sus chicos. Son gente magnífica con la que viajar, y son increíbles en directo. Rude Pride llevan muchos años ganándose una reputación en la escena de Oi!, y Jesse Ahern es un cantautor increíble de Boston, ya sea con músicos de acompañamiento o en solitario», dice Kelly, que también tiene buenas palabras para sus colegas de la escena española. «De los clásicos me encantan Decibelios y Zakkarak, y hay muchas nuevas bandas geniales, como Exili, Doubling Boys, Último Asalto, Glory Boys, Reconquesta, Codi de Silenci, La Inquisición...».

Hatsune Miku, la distopía de la música en vivo sin vida

Ríanse de la indignación planetaria con el timo de Milli Vanilli. Treinta años después, aquel terremoto que sacudió los cimientos de la industria discográfica (incluso los Grammy se vieron obligados a retirarles el premio a Mejor Artista Revelación), miles y miles de personas de todo el mundo aplauden a Hatsune Miku, una diva del K-Pop (en este caso sería más correcto J-Pop, ya que es japonesa) que no sólo no canta, sino que ni siente ni padece, porque no está viva. Esta cantante virtual, que utiliza una voz generada por ordenador y proyecciones de gráficos 3D para actuar en directo, acumula cientos de millones de reproducciones en YouTube y reúne a multitudes de hasta 40.000 personas en sus conciertos. Ha trascendido, además, las fronteras del K-Pop entrando de lleno en la escena «mainstream» occidental: ha sido telonera de Lady Gaga, ha actuado en el «late-show» de David Letterman, Pharrell Williams ha hecho remixes de sus canciones, y en nuestro país también se la adora:el año pasado hizo «sold out» en su visita a Madrid. ¿Por qué tanto éxito? Ya ha habido otras experiencias con hologramas en el mundo del pop. Michael Jackson, Tupac Shakur o Freddie Mercury han sido víctimas de esta clonación virtual y, aunque fueron noticia por ello, los experimentos no acabaron de cuajar y no han tenido mayor recorrido. ¿Por qué el de Hatsune Miku (que significa «sonido del futuro») sí? La respuesta está en el enorme empuje del fenómeno K-Pop, un movimiento en el que lo visual prima por encima de lo musical. La mayoría de sus artistas canta en playback, y dedica muchísimas más horas a la preparación de los aspectos estéticos de sus actuaciones: las coreografías, los vestuarios y el maquillaje son mucho más importantes que la afinación. ¿Se han fijado en el aspecto robótico de las estrellas del género? Más que chavales, sobre el escenario parecen androides de precisión milimétrica. De ahí tanto suicidio en la escena: muchos acaban sintiéndose totalmente deshumanizados. Hatsune es igual que ellos, pero sin depresiones. Es decir, más manejable y, sobre todo, mucho más rentable. Su banda sí es real En descargo de la gira «Hatsune Miku Expo», que llega la semana próxima al Sant Jordi Club de Barcelona, hay que decir que, al menos, gran parte de la música sí es real. Al holograma le acompaña una banda de músicos de verdad, que tocan guitarras, bajos, baterías y sintetizadores siguiendo un guion que requiere la máxima precisión, y que no deja el menor resquicio para la improvisación. Las recompensas artísticas para ellos deben ser inexistentes, pero girar con Hatsune siempre será mejor que otros posibles destinos para un rockero nipón, como trabajar amenizando la franquicia japonesa del concurso La Ruleta de la Fortuna. Para comprender el éxito de esta jovencita que ha recibido peticiones de matrimonio de gente real (como lo oyen), hay que acudir al proceso creativo que germina en su repertorio. Crypton Future Media, la compañía que la creó, ha ideado una licencia especial que permite superponer música propia sobre su imagen sin tener que pagar derechos de autor, por lo que Miku es capaz de interpretar hasta 100.000 canciones escritas por sus fans. Si todas le gustan, es un misterio. La próxima vez le pediremos entrevista para preguntárselo.

El empeño imposible del Pacífico: Filipinas

España no lograba dominar el Pacífico. El océano era un inmenso arco con dos pilares, el occidental de la América española, y el oriental, las Filipinas, que España no había podido conquistar y que discutía con Portugal. Y además, si desde México al Asia era factible la navegación, el tornaviaje desde Asia se había revelado imposible, y en él habían fracasado los marinos enviados: Saavedra, Loaisa, Espinosa, Grijalva, Villlalobos, de la Torre, Retes…, todos ellos o sus barcos devorados por el invencible Pacífico. Pero Felipe II estaba dispuesto a conseguir ambos objetivos, con el fin de completar el tablero del Imperio español. Porque además, sin dominar el Pacífico, las Américas no estaban seguras, como habían demostrado las incursiones de piratas como Drake y Cavendish. La clave estaba en elegir con acierto a los hombres encargados de cumplir la doble misión. Tardó tiempo hasta dar con ambos, pero aconsejado por el Virrey de Nueva España Luis de Velasco, a fe que la espera mereció la pena. Para la ocupación de Filipinas eligió a un jurista, Miguel López de Legazpi, a la sazón alcalde de México, padre de nueve hijos y con una posición sólida y estable, pero bastó la llamada del rey para dejarlo todo y empeñar su fortuna en la expedición. Vale más la gloria con sus incertidumbres, que una vida placentera y segura sin ella. Y para la ruta del tornaviaje eligió a un fraile agustino añoso, recluido en un convento de Nueva España, Andrés de Urdaneta. Vivía retirado, pero antes se había curtido en mil azares de guerras y marinerías en las Molucas y el Pacífico, y alardeaba de conocer el secreto del regreso por el océano. Pero convencer a Urdaneta no fue tan sencillo como con Legazpi, porque el monje aseguraba que, según la línea trazada por el Tratado de Tordesillas, que dividía en dos el Atlántico marcando las jurisdicciones de España y Portugal, al continuar la raya hasta el otro lado del planeta, en el antemeridiano, las Filipinas entraban dentro de la demarcación portuguesa. Y él no estaba dispuesto a incumplir los compromisos internacionales, de modo que «no haría la jornada». Fue preciso pues engañarle por razón de Estado. Se le dijo que la expedición no navegaría a Filipinas, sino a Nueva Guinea, y que transcurridas varias jornadas de navegación se abriría un cofre secreto de tres llaves, que informaría del rumbo definitivo. Así persuadido, la armada al mando de Legazpi con el doble propósito de conquistar las Filipinas y hallar la ruta de vuelta, emprende desde México el viaje en noviembre de 1564, y varios días después se abre el cofre, que contiene la instrucción del destino: No será Nueva Guinea, sino la ocupación y colonización de Filipinas. Como es natural, Urdaneta se siente engañado, pero como leal súbdito que es acepta la decisión real. No pondrá reparos e intentará hallar la ruta del tornaviaje. Puertos seguros Una vez en el archipiélago filipino, quedará demostrada con creces la buena elección del capitán general López de Legazpi, hombre de una probidad y bonhomía extraordinarias, quien no mediante métodos violentos, sino a través del diálogo y la justicia, establecerá con los jefes locales alianzas estables que permitirán la consolidación de la soberanía en Filipinas. Lo primero que hizo fue buscar puertos seguros para el asentamiento español, como el de la isla de Cebú, donde funda la primera población, la Villa de San Miguel, y para consuelo de todos encuentra una imagen del Niño Jesús, el Santo Niño, olvidada de una de las expediciones anteriores, y venerada desde entonces por los cebuanos. Su labor pobladora prosigue con la fundación de Manila, sobre planos del gran arquitecto Juan de Herrera, y la pacificadora se concreta en pactos con los régulos locales, en especial con Matandá, Solimán y Lacandola, cuyo recuerdo se evoca en un conocido conjunto escultórico de Luzón. La aparición de barcos portugueses que pretenden desalojar a España de Filipinas es respondida de modo contundente por Legazpi, que los rechaza a cañonazos, renunciando Portugal para siempre a discutir la soberanía. Y Legazpi no cesa en su labor colonizadora, trayendo frailes y pobladores, ganados y semillas, asentando la soberanía española sobre bases tan firmes que perduró casi hasta el siglo XX. Legazpi, a quien a su muerte solo se encontraron unas pocas monedas en su cofre personal, es un personaje no suficientemente reconocido aún de la historia de España. Solo faltaba el reto del tornaviaje, y a tal fin Legazpi despacha a Urdaneta en un barco, de vuelta a Nueva España. Se ufanaba el monje de que, como fruto de tantas aventuras y experiencias, el regreso era para él tan fácil que capaz era de hacerlo «en una carreta». ¿Sería cierto que allí donde todos habían fracasado, el viejo monje encontraría una ruta segura para el tornaviaje entre Asia y América?

Auschwitz y el terrible hedor del Holocausto

Adolf Hitler, un fanático que -por desgracia- no necesita presentación, siempre afirmó que los judíos despedían un olor característico. Para él, aquel tufo era un símbolo del «moho moral» que albergaban en lo más profundo de su alma. Desde su enfermiza mente, este monstruo los veía como unos «elementos corruptos»; animales «portadores de gérmenes» que había que erradicar. Pero, el 27 de enero de 1945, cuando los soviéticos arribaron al campo de concentración de Auschwitz (levantado por los nazis al sur de Polonia en 1940, ya comenzada la Segunda Guerra Mundial) no olieron nada de aquello. Lo que entró por sus fosas nasales fue un profundo hedor a muerte y descomposición; el que habían dejado los nazis tras haber perpetrado los últimos asesinatos antes de huir de la región. De la mente del ucraniano Anatoly Pavlovich Shapiro, de treinta y dos años (una edad avanzada para la media del Ejército Rojo), jamás pudo desaparecer aquella peste. «Había tal hedor que era imposible estar ahí durante más de cinco minutos. Mis soldados no lo podían soportar y me rogaban que les dejara ir. Pero teníamos una misión que cumplir», afirmó poco después de pisar, aquel gélido enero, el interior de Auschwitz. Lo que él y sus colegas percibían era el olor de un Holocausto que, aunque llegaba a su fin, se había cobrado la vida de entre 6 y 20 millones de personas. Al frente de sus fusileros, este militar fue el primer oficial en acceder al epicentro de la, en otro tiempo, mayor industria de muerte del nazismo. El teniente de infantería Ivan Martynushkin, presente igualmente en la liberación, también sintió aquel olor. «Estábamos adentrándonos en Polonia, no sabíamos nada de ese lugar. Cuando dejamos atrás el pueblo de Auschwitz y nos acercamos empezó a nevar y el campo se cubrió con un manto blanco. Antes estaba completamente negro de hollín y cenizas. Se sentía un olor especial a carne quemada», afirmó en una entrevista concedida tras la contienda. Cuando cruzó las puertas (coronadas por el conocido cartel con la frase «Arbeit macht frei» -«El trabajo os hará libres»-) entendió de dónde provenía el olor. «Como la capacidad de los hornos no era suficiente no podían quemar tantos cuerpos como querían. Así que amontonaban los cadáveres, los cubrían con troncos y ponían otros encima. Luego les prendían fuego». Shapiro y Martynushkin habían visto personas ahorcadas (entre ellas, niños) e inocentes asesinados. Sin embargo, no estaban preparados para la barbarie que les esperaba dentro de Auschwitz. Para el veterano oficial, sin embargo, fue una experiencia más dura que los intensos combates que había mantenido apenas unos minutos antes contra los últimos miembros de las fanáticas SS que defendían los alrededores del centro. Paso a paso, pisada tras pisada, ante él se proyectó un largometraje con un guión más escalofriante que cualquier película de terror actual. Por doquier había charcos helados de sangre, mujeres fallecidas, cadáveres (esqueléticos por la falta de alimento) esparcidos... El Ejército Rojo contó hasta 650 cuerpos sin vida de inocentes cuyo único pecado había sido no nacer arios. Miedo El miedo todavía se palpaba. Ningún reo se sentía a salvo. Ejemplo de ello es que dos pequeños con los que Shapiro se topó en un barracón se apresuraron a gritarle tres palabras: «¡No somos judíos!». Pero sí lo eran. Aunque sabían lo que sus creencias les acarrearían si aquellos soldados no eran quienes prometían: acabarían en las mismas cámaras de gas que habían funcionado a pleno rendimiento desde la aprobación de la Solución Final. «La de las cámaras fue la imagen más dura de todas», desveló el oficial soviético. No era para menos, pues en su seno habían fallecido, presas del temible Zyklon-B, miles de hombres, mujeres y niños tras pasar por un proceso tan trágico como conocido: primero escozor en el pecho, luego un olor a almendras y a mazapán y, para terminar, la muerte. Pero dicha jornada, ese 27 de enero de 1945, Shapiro y sus hombres fueron también testigos de la caída definitiva de un lugar de pesadilla que escandalizó al mundo tras los Juicios de Núremberg. Sus cifras así lo demuestran: 1.300.000 personas (de ellas, 232.000 niños) enviadas allí y 1.100.000 asesinadas en apenas cinco años. De todas estas almas, y tras las terribles marchas de la muerte iniciadas el 17 de enero (el desplazamiento masivo de 10.000 reos hasta el interior del Tercer Reich para tratar de esconder aquella vergüenza a los Aliados), apenas fueron halladas vivas 7.000; 1.200 reos en Auschwitz y 5.800 en Birkenau (una gran ampliación del primer campo levantada en Brzezinka en octubre de 1941). Su paseo por la cuarentena de subcampos alzados por Hitler les permitió hallar a otros 3.000 reclusos más. Prisioneros judíos, en el momento de ser liberados en Auschwitz - ABC Controversia viva Aunque han pasado ya 75 años desde que Auschwitz fue liberado, las controversias siguen orbitando a su alrededor. La última ha llegado con un nuevo documental de la cadena pública PBS titulado «Secretos de los muertos». La obra, controvertida donde las haya, analiza uno de los misterios sin resolver de la Segunda Guerra Mundial: ¿por qué los Aliados no bombardearon las cámaras de gas de este campo de exterminio? La operación era plausible y se barajó (el mismo Churchill la aprobó, al menos en principio). Sin embargo, la posibilidad de acabar con cientos de reos durante el ataque, la cantidad de dinero que debían invertir para ello y la escasa precisión de los explosivos enviados desde el cielo hicieron que se denegara la propuesta. A principios de enero, a su vez, el campo de exterminio se convirtió en el epicentro de una polémica entre John Boyne, autor de «El niño con el pijama de rayas», y el Memorial de Auschwitz-Birkenau. Todo comenzó en el mundo telemático cuando el primero criticó la avalancha de obras de ficción ambientadas en Auschwitz que han arribado en los últimos años hasta las estanterías de las librerías. Según él, textos respetables, pero en muchos casos inexactos. La organización no tardó en devolverle el golpe a través de Twitter: «Todo aquel que estudie o enseñe la historia del Holocausto debería evitar "El niño con el pijama de rayas"». La realidad es que, más allá de esta anécdota, se cuentan ya por decenas los trabajos de ficción enmarcados en el lugar.

Alemania rememora Auschwitz, 75 años después de la liberación

El compositor alemán Wolf Biermann, a sus 83 años, nunca ha visitado Auschwitz, el campo de concentración nazi en el que fue asesinado su padre en 1943. «No, no necesito coger el coche y conducir hasta allí porque he estado en Auschwitz toda mi vida –confiesa– en mi indefensión infantil, en mi condena a la soledad, a través de todas nuestras historias familiares… yo siempre he estado en Auschwitz». El padre judío de Biermann, Dagobert, un trabajador del astillero Blohm & Voss de Hamburgo, participó en un sabotaje y estuvo en prisiones nazis durante años antes de morir en Auschwitz. «Fue un hombre recto que sobrevivió ocho años en la cárcel. Personaliza lo que Heinrich Heine, en su poema "Enfant perdu", llamó un valiente soldado en la eterna guerra por la libertad de la humanidad y es uno de los poquísimos destellos de luz que podemos encontrar en la impenetrable oscuridad que es Auschwitz», dice el hijo. Biermann publicó sus primeras canciones y poemas en la Alemania oriental en la década de 1960. Debido a su oposición al régimen comunista y durante una gira de conciertos en la Alemania occidental, se le negó la entrada a la RDA en 1976, convirtiéndose en un símbolo para la disidencia. Todavía hoy, cuando le llaman para ir a un colegio a dar su testimonio, ha de esperar a que la conversación profundice para saber si esperan un testimonio sobre el nazismo o sobre el comunismo. «Al final siempre acabo hablando sobre la libertad». El olvido del Holocausto Setenta y cinco años después de la liberación de Auschwitz, la cultura alemana vuelve a hacer memoria, difícilmente aportando datos nuevos pero cumpliendo con otra tarea no menos importante: mantener vivo el recuerdo tras la progresiva desaparición de los testigos directos. Según un estudio realizado por la Fundación Körber, solo el 47 % de los escolares alemanes encuestados, de entre 14 y 19 años, sabe qué es Auschwitz-Birkenau. El director del Memorial del campo de concentración de Bergen-Belsen, Volkhard Knigge, confirma la «alarmante frecuencia con la que chicos que participan en excursiones escolares se mofan del Holocausto, banalizan el exterminio o instigaban debates con datos falsos o tesis revisionistas». Esta es la situación que denuncia el historiador judío alemán Michael Wolffsohn, autor de «Juden und Christen» (Judíos y cristianos) y «Deutschjüdische Glückskinder. Eine Weltgeschichte meiner Familie» (Los afortunados niños judíos alemanes. Una historia mundial de mi familia), que ha criticado duramente la intervención del presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, durante la celebración del aniversario en el Yad Vashem de Jerusalén. «Las mismas palabras, año tras año… no es de extrañar que casi nadie las escuche», se queja, reivindicando una nueva cultura del recuerdo. «El presidente eligió demasiadas grandes palabras –explica Wolfffsohn–. Esa inflación léxica vuelve hoy inútil un discurso que sirvió para nuestros abuelos, pero no para las nuevas generaciones». El historiador destaca que alrededor de una cuarta parte de los alemanes tiene hoy antecedentes migratorios, muchos de ellos musulmanes. «El antiguo discurso era para los descendientes de los alemanes que sobrevivieron a Hitler, que sabían lo que había ocurrido, pero el mundo musulmán no ha pasado décadas reflexionando sobre el Holocausto y esta nueva Alemania requiere una cultura del recuerdo más basada en los hechos». Nuevos libros y documentales Y ese es el objetivo de varios documentales publicados con motivo del aniversario. El cineasta británico Mark Hayhurst ha puesto el dedo en la llaga de los Aliados. Basándose en los «protocolos de Auschwitz» y las declaraciones de los prisioneros Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, que escaparon en abril de 1944, reconstruye el funcionamiento de la fábrica de asesinatos en una cinta difícil de soportar. Hayhurst desliza un dilema irresoluble, la pregunta sobre si debería haber sido bombardeado Auschwitz, tal y como exigieron asociaciones judías en el extranjero a la Junta de Refugiados de Guerra, una agencia gubernamental creada por el presidente Roosevelt en 1944. John Pehle, que reaccionó entonces con cautela estratégica, reconoció en 1978 que había sido «un error trágico». Entre las novedades editoriales del aniversario destacan «Ich blieb in Auschwitz» (Auschwitz: última parada), de Eddy de Wind, y «RÜckker nach Birkenau» (Regreso a Bisrkenau), de Ginette Kolinka, dos supervivientes que no se conocieron, a pesar de coincidir en el tiempo en Auschwitz, y cuyos relatos muestran formas opuestas de sobrevivir: mientras Kolinka se refugió en sí misma y afirma «no lograr recordar ni un solo rostro de los enfermos y muertos a mi alrededor», de Wind se aferró a soñar despierto con la liberación. También ven la luz este mes de enero los cuadros de David Olère, el único pintor asignado al Sonderkommando en Auschwitz y que después de la liberación registró lo que había visto allí en más de 50 dibujos que nunca habían sido expuestos hasta ahora. La exposición está instalada en el Bundestag, la misma sede del parlamento alemán en la que se sientan por primera vez en esta legislatura diputados del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD), uno de cuyos líderes, Björn Höcke, exige «una política del recuerdo completamente distinta». Esa presencia impregna de forma silenciosa el aniversario, tiñendo la conmemoración de un inaprehensible pesimismo sobre el que Biermann ironiza. «Seguramente, la democracia es una forma de sociedad en peligro de extinción. La gente no puede soportar bien una dictadura, pero sufren la libertad aún peor… ¡Un dilema!», dice el compositor, cambiando de registro al instante para advertir que «de alguna manera, la democracia vuelve la cultura perezosa y plana, de modo que el núcleo humano del sistema ya no es reconocido, respetado y defendido. Eso lleva, finalmente, a caer en una nueva dictadura. Ya sea izquierda o derecha».

Los escritores que se esconden detrás de las memorias de los famosos

Hace unos días se publicaron en España las memorias de Demi Moore. Bajo el título de «Inside Out. Mi historia» (Roca Editorial), en ellas la intérprete hace confesiones tan impactantes como que a los quince años fue violada y obligada a prostituirse por su madre o que, tras su divorcio del también actor Ashton Kutcher, su segundo marido, dejó de comer (llegó a pesar 43 kilos) y en 2012, durante una fiesta en su casa en la que estaba su hija mayor, aspiró óxido nitroso y tuvo que ser trasladada de urgencia al hospital. «Sabía que tenía elección –escribe, rememorando ese momento–, que no todo estaba perdido: podía morir sola, igual que mi padre, o podía plantearme de una vez por todas cómo había llegado a eso y armarme de valor para afrontar y asumir las respuestas». Una prosa fluida, emotiva, pero lo suficientemente aséptica, y por momentos hermosa, que aupó al libro hasta lo más alto de las listas de más vendidos en Estados Unidos (allí apareció en octubre del año pasado), donde permaneció durante semanas. Pero, aunque el crédito –tal y como aparece en la cubierta de la obra y en la página destinada a reflejar los derechos de autor– es exclusivo de Moore, el mérito lo comparte con la periodista del «New Yorker» Ariel Levy. Fue ella, de hecho, quien realmente escribió las memorias de la actriz, aunque su nombre sólo aparece en los «Agradecimientos» del libro, donde, eso sí, Moore le dedica palabras muy generosas: «Desde el principio viste las piezas de este rompecabezas como piedras preciosas y, con gran talento y profesionalidad, me enseñaste a entretejerlas para crear un tapiz hermoso», escribe la actriz, en un gesto que, aunque seguramente obligado por contrato, da buena cuenta de la especial relación que se estableció entre ellas y que comenzó, en realidad, en 2017. Fue entonces cuando los editores de Moore se pusieron en contacto con Levy, según contó la periodista al periódico británico «The Guardian» el pasado 22 de octubre. Al parecer, habían leído su libro «The Rules Do Not Apply» y pensaron que ambas tenían mucho en común. «Si hace cinco años me hubieran dicho que llegaría a ser buena amiga de Demi Moore, que ella sería alguien con quien realmente podría hablar, no lo habría creído», confiesa Levy en la mencionada entrevista. Cuando aceptó el encargo, la periodista era muy consciente de que pasaría a engrosar la célebre nómina de «ghostwriters» (escritores fantasma, si nos atenemos a su estricta traducción) que se esconden detrás de las autobiografías de muchos de los famosos de Hollywood y alrededores. Fenómeno editorial Un fenómeno poco común en España (el término usado en nuestro país, «negro», que hasta acepta el Diccionario, tiene unas peligrosas connotaciones esclavistas que hacen impensable su mera pronunciación en Estados Unidos), pero que en la industria editorial anglosajona se ha convertido en un género en sí mismo, proporcionando sustanciosos beneficios a sus autores. Los dos ejemplos más recientes son «The Beautiful Ones» (Reservoir Books), las memorias de Prince, que fueron escritas por Dan Piepenbring, un joven periodista bastante desconocido cuando el genio de Mineápolis lo eligió, pero que ahora es fijo en el «New Yorker», y «Yo» (Reservoir Books), la autobiografía de Elton John, un trabajazo de orden y concierto memorialístico de Alexis Petridis, crítico musical de «The Guardian». Pero, si nos remontamos algún que otro año, hay bastantes casos más. Keith Richards confió en el periodista británico James Fox –exmarido de la diseñadora Bella Freud, hija de Lucian Freud– como coautor de «Vida» (Libros Cúpula). André Agassi pasará a la historia de la industria editorial reciente, bastante más modesta que la del tenis, por lo bien que estaban escritas sus memorias, tituladas «Open» (Duomo) y obra del escritor J. R. Moehringer, quien hace sólo unos meses confesó a ABC que «cuando les dije a mis amigos y colegas que iba a hacerlo, fue como si les hubiese dicho que me iba a ir de mochilero por Europa, les pareció algo irresponsable y estúpido, pero es escritura real, y es muy difícil, es algo muy sagrado». Arnold Schwarzenegger escribió «Desafío total. Mi increíble historia» (Ediciones Martínez Roca) «con» (así aparece en el libro) Peter Petre, que se define a sí mismo en su página web como «Autobiografías y Memorias en Colaboración» y cuyo agente es el todopoderoso Andrew Wylie, mientras que Denzel Washington contó con la ayuda del escritor Daniel Paisner para sacar adelante «A Hand to Guide Me» (2006), donde el actor hablaba de sus mentores. Reconocimiento En conversación con ABC, Paisner, que también ha trabajado con Anthony Quinn o Whoopi Goldberg, recuerda cómo se convirtió en «ghostwriter» gracias a un «feliz accidente». Mientras intentaba hacerse un hueco como escritor, aceptó la propuesta de «ayudar a una personalidad de la televisión a escribir un libro sobre sus viajes por el país. Esa tarea llevó a otra y a otra... En poco tiempo, eché la vista atrás y vi que tenía una reputación». Aunque no ha dejado de escribir sus propios libros, «en los últimos treinta años, el énfasis ha estado en trabajos en colaboración». Sólo ahora («los libros que escribimos han sido un elemento básico de las listas de los editores durante generaciones»), los autores como él han podido «salir a la luz para recibir reconocimiento por nuestras contribuciones a las obras más vendidas». Una circunstancia que Paisner valora positivamente, «sobre todo porque permite que la relación entre el autor y el lector sea más transparente». Pero no siempre ha sido así, como bien sabe Madeleine Morel, una de las pocas agentes literarias especializadas en «ghostwriters» en el mundo. Desde su oficina en Nueva York, explica a ABC que este tipo de autores «son una parte fundamental de la industria editorial», que «se parece cada vez más a Hollywood». La agente, que lleva 20 años en esto, cree que «en Estados Unidos el 60 o 70% de los libros de no ficción más vendidos están escritos por “ghostwriters”». Morel recuerda cómo «hace décadas nadie admitía serlo, era como cuando alguien se metía en internet para ligar, no quería reconocerlo», pero ahora es un perfil «muy respetable», «muy buscado y solicitado» y «muchos ganan mucho dinero». Si bien en el trato con el famoso hay de todo, desde el que acepta los consejos («en ese caso, el libro es mucho mejor») al que trata al autor como si fuera una secretaria (puede llegar a ser «una auténtica pesadilla»), Morel tiene claro que el que se niega a reconocer que ha sido ayudado lo hace por «ego». «Al menos les mencionan en las páginas de agradecimientos, ahí es donde vas a encontrar el nombre de los “ghostwriters”», aclara. Y remata con un baño de realidad: « Ahora, la única manera de publicar un libro en este país es teniendo una plataforma, una audiencia previa. Si sólo eres un buen escritor, es muy difícil firmar un contrato. No les queda otro remedio, cada vez viene más gente a la agencia para que les representemos».

¿Me puedo ir ya?

El primer Goya de la noche lo ganó Benedicta Sánchez, como mejor actriz revelación, ¡con ochenta y cuatro años!, por su papel en «Lo que arde», de Oliver Laxe. Un Goya sin duda entrañable, y que dejaba la impresión (luego se supo que falsa, pues faltaba el de Marisol y Julieta Serrano) de que, entregado ya el premio entrañable de la noche, quizás el reparto de ellos se pondría ya en plan sobrio y sencillo. Unos cuantos premios para «Dolor y Gloria» y «Mientras dure la guerra», unos cuantos chistes sobre la actualidad y la filmografía de Almodóvar y Amenábar (alguien por aquí apuntó que faltó hacer el de «Tesis» y el doctor Pedro Sánchez, pero igual no tenía gracia)…, la primera media hora se fue muy alegre, pero dejaba como metáfora la frase que dijo Benedicta Sánchez al recoger su premio: «¿Me puedo ir ya?». El Goya al Mejor Guion original era el primer cruce directo de golpes entre Almodóvar y Amenábar, y lo ganó «Dolor y Gloria». Si quería tomarse como un presagio, había motivos para ello… Pero hubo un indicio más claro en el siguiente premio, el Goya al actor revelación, que lo ganó Enric Auquer por «Quien a hierro mata», y no lo ganó, lógicamente, Santi Prego, que interpretaba un Francisco Franco insólito y genial en «Mientras dure la guerra»… Ahí se empezó a colocar Alejandro Amenábar en el lugar que le tenía previsto la gala. Aunque ganó el siguiente, el de mejor actor secundario, que fue, hecho insólito, para Eduard Fernández por su papel de Millán-Astray en «Mientras dure la guerra», un golpe bajo para las pretensiones de Asier Etxeandía y Leonardo Sbaraglia, que lo esperaban por «Dolor y Gloria». La gala parecía, chistes, obviedades y vulgaridades aparte, un jugador de mus, muchas señas pero ninguna cierta, y cualquier pronóstico sobre el combate entre los dos hipernominados de la noche, Amenábar y Almodóvar, era ya un dado rodando. A las doce de la noche aún seguía rodando el dado, y resonaba en algunas cabezas de nuevo la frase proverbial de la noche: «¿Me puedo ir ya?». La gala hacía ya rato que se había puesto pesada, pero sus principales intrigas seguían vivas: ¿Iría a recoger su Goya honorífico nuestra Garbo Pepa Flores? ¿Tendría dolor o gloria Almodóvar? ¿Qué tal aguantaría el revés Alejandro Amenábar? ¿Bailaría Antonio Banderas?... Y el dado, o el dedo, señaló a Belén Cuesta («La trinchera infinita»); y a Antonio Banderas («Dolor y Gloria») que estuvo grande, emotivo y sincero; y a Pedro Almodóvar, que se quitó las gafas, y su película, la ganadora, que se quitó el dolor de encima. A Buenafuente se le hizo corto. Pues muy bien.

Por qué vamos a echar de menos «Mindhunter»

David Fincher dio el salto a la pequeña pantalla con «Mindhunter» hace ya tres años para relatar algunas de las historias más oscuras de Estados Unidos. Para reunir a grandes nombres del crimen americano –como Charles Manson o Ed Kemper– recurrió al FBI, concretamente a la «unidad» que comenzó a investigar a los asesinos en serie. Hasta los años setenta, no se había utilizado ese término. Tampoco se había profundizado en los motivos que podía mover a las mentes psicópatas que se escondían detrás de esos asesinatos. A través de intensas y largas conversaciones con los delincuentes, estos dos agentes comenzaron a encontrar respuestas. Y es ahí donde reside la calidad de la ficción: bajar estos grandes casos a la rutina personal y profesional de los agentes que le dan caza. «Mindhunter» no solo relata un hito que revolucionó la psicología que atañe a estos individuos y a la forma de investigar los crímenes que comenten. La ficción repasa algunos de los hechos que marcaron la leyenda negra de un país, y que podrían dejar a más de uno sin sueño. Pero lo hace aprovechando todo lo bueno de «una de polis» sin ser una serie policiaca al uso. David Fincher, con ayuda del dramaturgo Joe Penhall (que hace las labores de director), apuesta por un manejo de los tiempos arriesgado. Las historias no son episódicas, aunque muchos de los capítulos sí que apuestan por un protagonista claro. Como en las investigaciones que acontecen en la realidad, los casos vienen y van. Los agentes a veces avanzan más rápido y otras, no tanto. O cuando parece que algo está a punto de destaparse, aparece otra pista de otro caso que hace que este primero se vea relegado hasta (por suerte) el próximo capítulo. Algunos de estos casos tardaron mucho más tiempo en ser resueltos. Algunos incluso décadas. De momento, Netflix no ha dicho las palabras «cancelar» y «Mindhunter» en la misma serie. Pero sí que la ha suspendido. La plataforma aseguró, a través de un comunicado, que Fincher «está centrado en dirigir su primera película de Netflix, '"Mank"', y en producir una segunda temporada de "Love, Death and Robots". (...) Quizá Fincher retome "Mindhunter" en un futuro ». Los nuevos capítulos llegarán, a tenor de las palabras de la compañía, en un futuro lejano ya que, de hecho, Netflix ha liberado a los actores de «Mindhunter» de sus contratos para que puedan trabajar en otras producciones. «Parecía injusto para los actores retenerles para buscar otro trabajo mientras él (Fincher) estaba explorando nuevos proyectos por su parte», termina el comunicado. Como afirma el medio especializado «Deadline», el elenco de «Mindhunter» «está entusiasmado de trabajar con Fincher» aunque les gustaría aceptar otros proyectos debido al parón. Según el medio, el director estaría hastiado de rodar todos los capítulos en Pittsburh y habría intentado, sin mucho éxito, obtener más presupuesto para la tercera temporada.

Quim Gutiérrez: «La comedia ha cambiado para mal»

¿Qué ha sido de ese chico guay del instituto? ¿Dónde se ha metido la hermana pequeña (y pesada) de tu mejor amigo? Quim Gutiérrez y Natalia Tena protagonizan «Te quiero, imbécil», una comedia romántica que reflexiona sobre el amor en los tiempos de Tinder. «Un tío que mola a los quince años que se echa a dormir y se despierta de una siesta que se ha alargado. Con 35 lleva la raya del pelo en el mismo sitio, las mismas camisetas de grupos de música, solo que los nombres de los grupos de música se han deformado porque tiene una tripa que no sabe cómo le ha aparecido. Y en ese contexto, le deja la novia y pierde el trabajo», explica el protagonista. «Nos lleva por una ruta de mierda y del ridículo en lo que él cree que son los hábitos del éxito del siglo XXI». [Crítica de «Te quiero, imbécil»: Tócala otra vez, Quim] En medio de esa vorágine, se reencuentra con Raquel (Natalia Tena), la del 1º B. «Soy la hermana pequeña (y pesada) del que era su mejor amigo en el instituto. Creo que más conocerse, era cosa de ella, que estaba colada por él», explica entre risas. Hay química entre ellos (los personajes y los actores), la misma que se puede ver en dos buenos amigos que se conocen desde hace tiempo. No sabría decir cuál es la relación que se esconde tras las cámaras, pero lo cierto es que esta no era la primera vez que trabajaban juntos. «Hicimos el corto de Amenábar, ''Vale'', para Estrella Galicia hace casi cinco años», comenta Quim. P - ¿Qué han aprendido de esta película y sus amores que regresan? R - Q. G.: A veces, lo que resulta ser una situación dramática, como perder el curro y una novia de ocho años, puede terminar siendo un golpe de suerte. Hay que pasar un duelo, darse cuenta de lo que está ocurriendo, pero Marcos –su personaje en «Te quiero, imbécil»– es un tío con mucha suerte. Gracias a eso consigue un trabajo que le gusta mucho más y una chica que le hace infinitamente más feliz. Ojalá que cada vez que te dejan y pierdes el curro, te pase eso. P - ¿Han vivido una situación así? R - N. T.: Sí, claro. Somos humanos. R - Q. G.: Constantemente. Pero hay que ver cada pérdida como una oportunidad para reorientarse. P - ¿Cuál ha sido el mayor reto que os ha puesto la película? R - N. T.: Para mí fue algo físico. Rodamos en Pamplona justo antes de Navidad, y de noche. Hacía mucho frío. Los productores acababan de llegar y querían hablar conmigo. Para mí fue muy difícil encontrar ese matiz emotivo. P - ¿Y para usted, Quim? La comedia se antoja como su lugar seguro. R - Q. G.: Precisamente por haber reincidido tanto en comedia siempre me reto a contar una historia como mínimo un poco distinta. Me gustaba la de Marcos porque no es el perdedor encantador de comedia. Es un tío que en realidad mola, lo único es que está desactualizado. Lleva 20 años sin preguntarse qué le gusta o qué hacer en la vida, pasando de puntillas y sin querer cambiar. Pero tiene un sentido del humor cojonudo, tiene unos gustos musicales que molan y es un tío listo, lo que pasa es que tiene mucha, mucha pereza. P - Le vemos mucho… R - Q. G.: Mucho, mucho. Estoy pesado últimamente. P - … haciendo comedia, en la pequeña y en la gran pantalla. ¿Qué le responde a aquellos que aseguran que reincide en personajes del mismo perfil? R - Q. G.: Que tienen toda la razón (ríen todos los presentes en la sala). Personajes de 35 que no tienen características físicas muy distintas a las mías... pues es que es lógico. Pero por eso digo que dentro de hacer un personaje de 35 pues mi reto es siempre buscar nuevos matices. P - ¿Le falta quizá algún proyecto dramático para poder romper con ese estereotipo? R - Q. G.: Los hago también, pero se ven menos porque el drama se ve menos que la comedia, sobre todo en España. P - Lleva mucho haciendo comedia, ¿cómo ve la evolución de la comedia española? R - Q. G.: Ha cambiado, y ha cambiado para mal. El tipo de comedia que yo leo cada vez más en guiones, contrariamente a lo que se podría pensar, ahonda más en clichés. Utiliza cosas que ya hemos visto mil veces y que tienen que ver con repeticiones de clichés muy manidos. Creo que tiene que ver precisamente con que se han incorporado cosas de un tipo de humor que hemos visto mucho en televisión. A mí personalmente eso no me divierte, pero entiendo que funciona. R - Lo digo por el tipo de quebraderos de cabeza que teníamos hace casi diez años cuando rodábamos «Primos» o «Anacleto» para dar coherencia al guion, crear personajes con matices e ir un poco más allá en los gags. Eso yo no los encuentro ahora. Es desesperante. Pero también es una realidad que tiene que ver con el gusto personal de cada cual. A mí ese tipo de comedia no me interesa. Entonces me encuentro con muchos problemas de reescritura. P - ¿Cree que tiene algo que ver con el «boom» de las plataformas? R - Q. G.: Hay cosas fantásticas que se están haciendo en plataformas por el simple hecho de no tener que satisfacer a todo el mundo. Creo que el éxito de las plataformas tiene que ver con la necesidad de abaratar más el cine que hacemos para que más gente vaya a verlo. Hay ciertos fenómenos que, repito es opinión personal, un tipo de comedia que a mí no me hace ninguna gracia, que tienen más clichés con personajes mucho más tipo que han funcionado bien. Entonces me imagino, desde la perspectiva de un productor, que el pensamiento es: «¿Para qué currarnoslo más si haciendo los clichés de siempre seguimos haciendo mucho dinero?». Lo que pasa es que el cine, aunque sea entretenimiento puro y duro, hay un pequeño porcentaje de cultura, de vena artística, que debe seguir latiendo. Y creo que está un poco complicado.

Nuria Roca se va de viaje con Esty Quesada en «Road Trip»

Los viajes no siempre suceden como uno planea. Nuria Roca acudía a Nueva York para una importante reunión de trabajo cuando el huracán Dorian provocó que desviaran su vuelo hasta Miami. Un trayecto que debería haber durado poco más de ocho horas, se complicó. Mientras buscaba un coche para continuar el trayecto, se topó por casualidad con la que parecía ser una fan. «¡Hala! ¿Eres de verdad?», le dijo Esty Quesada (más conocida por su nombre de youtuber, «Soy una pringada»). Se trataba de su compañera de viaje. Con esta premisa comienza «Road Trip», un programa de TNT que les acompaña desde este domingo (22.00) en los 2.000 kilómetros que separan Florida de Nueva York. «Había visto alguno de sus vídeos porque me los había enseñado mi hijo mayor. Sin embargo, cuando supe que íbamos a hacer el proyecto juntas, preferí no saber más», explicó Nuria Roca sobre su compañera. Por su parte, Esty Quesada no mostró ningún inconveniente a la hora de declararse «fan de Nuria Roca»: «Es una presentadora muy elegante y muy cómica». Desde producción no tenían muy claro cómo iban a funcionar juntas, pero sí que querían mostrar Estados Unidos a través de dos miradas diferentes. «El salto generacional que hay entre nosotras ha dado mucho juego», comentó Roca. «Podríamos habernos dado de hostias, pero no», puntualizó la youtuber. Así, sin conocerse, Nuria Roca y Esty Quesada se embarcan en un viaje en coche en el que podrá verse la evolución de su relación y cómo se desenvuelven en las variopintas situaciones a las que hicieron frente durante los 17 días que dura el viaje, rodado el pasado mes de septiembre. «Es un contenido diferente. Una pareja peculiar a la que vas a acompañar en un viaje en todos los sentidos. Un viaje físico por los Estados Unidos y un recorrido que sorprende porque no es el que estamos acostumbrados a ver. Es otro Estados Unidos», apuntó la presentadora. Estética innovadora El recorrido tiene poco o nada que ver con lo convencional. «Los sitios son diferentes, no queríamos caer en tópicos. Como el de Baltimore, la ciudad más peligrosa de Estados Unidos», explicó la directora Eva Merseguer. «Queremos mostrar una serie muy cuidada y enfocada a las exigencias del público de plataforma. De hecho, la estética de la serie producida por WarnerMedia y Atresmedia Studios es muy de película americana. Buscamos mostrar, entre otros, qué sienten las protagonistas a través de los paisajes o el color», señaló antes de mencionar a la película «Thelma & Louis» (1991) o la serie «Big Little Lies» como referencias estéticas. Un recorrido por los pantanos infestados de caimanes de Florida, visitas a tiendas de armas o sesiones de espiritismo son algunas de las actividades que realizaron en esta aventura. «Nunca he estado tan feliz en mi vida como cuando fuimos a la tienda armas», recuerda la de Baracaldo, quien se encaprichó de un rifle fucsia. «Nadie está acostumbrado a verte feliz tanto tiempo», bromeó Roca.

Igor el Ruso: asocial y narcisista, actuará si vuelve a tener oportunidad

Los forenses no tienen duda: Igor el Ruso es un psicópata de carácter «asocial y narcisista», totalmente responsable de lo que hizo y «muy peligroso». No sólo eso. Según los informes que obran en el sumario, «se puede pronosticar que actuará para evadirse de la acción de la justicia de modo calculador, asumiendo riesgos y empleando toda la violencia instrumental necesaria, cuando tenga la mínima oportunidad de evadirse. Es paciente, esperará el tiempo necesario». En otras palabras: este individuo es un «monstruo», incapaz de sentir la menor empatía por sus víctimas y que además no actúa de modo impulsivo, sino después de calcular los riesgos que corre. En los asesinatos su conducta fue «reflexiva, organizada y decidida»; «no obedeció a un mecanismo de defensa, sino que tomó la iniciativa de atacar él primero, ya que sabía que era buscado por sus hechos violentos». Es decir; actuó exactamente igual que meses antes en Italia, con sangre fría y aprovechándose de las debilidades de sus víctimas. Los forenses, en sus informes, destacan algunas de las frases que Igor el Ruso pronunció durante las entrevistas a las que le sometieron: «Conozco la anatomía humana, sabía dónde disparaba»; «no estaba enfadado ni tenía rabia contra las personas», sino que hizo lo que hizo porque cuando se siente amenazado tiene que «barrer con todo. Debo sobrevivir». Sobre su historia, poco ha trascendido. Es de origen serbio. No le gusta hablar de sí mismo, pero dice que tiene varios hermanos y un padre ausente; que ha sido «un solitario durante la infancia» y que estudió mecánica. También asegura que ha pasado cuatro años de vida militar en la que demostró ser «un buen tirador» y que ha llevado una vida nómada porque tenía «sangre de aventura» en las venas. Eso sí; afirma ser muy religioso y lee la Biblia durante cuatro horas cada día. Pero por lo que se ve, no le cunde...

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2007 José Antonio Carrasco Castaño